PIONEROS

Estaba aterrorizada. La hembra sufría un pánico ancestral que llevaba siglos clavado en sus genes: el miedo a la muerte. Delante de sus ojos se libraba una lucha feroz por la posesión del territorio donde su manada se había alimentado durante dos generaciones.

Los machos defendían sus hembras y crías de la manada invasora aullando desaforadamente y lanzando tímidos ataques intimidatorios. Los intrusos actuaban de la misma manera con lo cual la situación se mantenía en un tenso e inestable equilibrio.

Por fin un joven y audaz macho invasor saltó hacia adelante agitando los brazos, pateando y rugiendo como un condenado intentando ganar algo de terreno. El macho dominante de la manada defensora lo apartó de un manotazo y avanzó a su vez un par de pasos.

Allí acabo todo. Los intrusos decidieron que no valía la pena morir a manos de aquel mono inmenso o quizá decidieron dejarlo para otro día.

Rara vez corría la sangre en estas peleas territoriales. Un instinto largamente desarrollado en las mentes de estos simios empujaba a uno u otro bando a abandonar la lucha y buscar otro lugar de residencia.

Poco después del incidente, la hembra se atrevió a salir de detrás de los arbustos donde se había escondido. Los machos vencedores estaban todavía excitados y andaban por el claro golpeándose el pecho con los puños o bien cortejando a las demás hembras. Ella lo miraba todo excitada y ansiosa. Era la única que no había tenido crías: Era especial y ella misma no sabía por qué, pero los demás compañeros del clan sí. Su pelaje ralo, sus ojos inquietos, su frente recta y su altura desmesurada la hacían extraña a los ojos de los demás y éstos procuraban evitarla. Pero ese día, en medio de la excitación general, un macho joven que seguramente no viviría mucho más ya que sufría las secuelas de una caída, se acercó decidido y renqueante a la Hembra Solitaria y, ante su asombro y satisfacción, la cubrió.

Este fue el instante más feliz en la vida de Soledad. Se sintió parte de aquella piojosa pandilla de primates y no se separó del macho tullido -a pesar de los bufidos y mordiscos que éste le dirigía- hasta que, un día que no pudo encaramarse a un árbol con la suficiente rapidez, un felino enorme se lo llevó atrapado entre sus fauces.

El instinto maternal vino en ayuda de Sole en el momento del parto. Las hembras rodearon el lugar donde se refugió cuando le sobrevinieron aquellas espantosas contracciones. Normalmente una hembra era capaz de parir sin ayuda, pero, en este caso, la parturienta era tan deforme y sufría tanto que un extraño impulso empujó a todas las féminas del clan a intentar consolar a la futura y desgraciada madre.

Sole hizo lo que pudo. Ante una docena de asombrados ojos, por su bajo vientre se abrió paso la criatura más fea que jamás hubiere visto miembro alguno de la manada. No sólo era deforme sino que, en cuanto una precisa dentellada cortó el cordón que le unía a su madre, comenzó a emitir un horrible berrido que no cesó hasta que una de las asistentes al parto, madre orgullosa de un rollizo bebé-mono, le ofreció su pecho libre. En ese mismo instante, exhausta y con las entrañas destrozadas, Sole moría con un débil suspiro entre sus dientes.

Todo el grupo se volvió entonces a mirar al engendro recién llegado. Mamaba ruidosamente del pecho de su improvisada madre, así que, aunque era rematadamente feo, al menos en apariencia se comportaba como cualquier recién nacido normal, en vista de lo cual decidieron dedicar su atención a algo más importante: arrancarse cuidadosamente los piojos unos a otros.

Creció.

Creció sano, fuerte y extraño.

Su cuerpo, delgado y fibroso, sobrepasaba al menos en veinte centímetros el de sus voluminosos y peludos congéneres. El pelo que cubría su cuerpo era, como el de su madre natural: ralo y escaso. Su piel, mucho más clara que el azabache que untaba a su tribu-manada y una frente recta le concedía mayor espacio en su cráneo para un cerebro inquieto y curioso.

Y Aprendió.

Aprendió mucho más rápido que los demás, pero lo más importante era que no parecía guiarse únicamente por su instinto. Improvisaba. No se ajustaba a las pautas de comportamiento que pudiesen haberle procurado aquellos sabios recuerdos ancestrales que tan generosamente repartía la Madre Naturaleza.

Cuando sus compañeros de juegos le enseñaban los dientes con la sana intención de intimidarle, le bastaba con incorporarse y agarrar una piedra para controlar la situación. Si el grupo llegaba a un nuevo paraje para buscar comida, siempre se las arreglaba para apropiarse de los brotes más tiernos. Descubrió que, además del llanto que emitió al nacer, de su boca podían salir otros sonidos más o menos controlados y, sin siquiera pretenderlo, bautizó con un gemido gutural distinto a todos y cada uno de sus compañeros, los cuales, alucinados, no sabían lo que se les venía encima

Su madre adoptiva, que en un principio trató de ocultarlo de la ira de los machos adultos y que seguramente gracias a ello le salvó la vida, no tardó en darse cuenta de la condición de líder de su cachorro y pronto comenzó a pavonearse delante de las demás hembras tal y como les gusta hacerlo a todas las madres del mundo. No obstante, su mayor motivo de orgullo lo obtuvo el día en que, en una disputa con otra manada, su hijo adoptivo, él solito, hizo poner pies en polvorosa a todos los intrusos a base de muecas, berridos y, sobre todo, porque, utilizando una gruesa rama de encina que agarró por pura casualidad, le atizó semejante golpe en la cabeza al jefe de los asaltantes que lo dejó tieso, despatarrado y más muerto que vivo. Esa noche nuestro héroe se convirtió en el líder del grupo y, en plena excitación por la victoria, fue cubriendo, una por una, a todas las hembras; las cuales, por otro lado estaban sincera y absolutamente dispuestas a ser tomadas por alguien tan importante. Fue en ese momento cuando descubrió algo que le iba a marcar terminantemente a él y a las generaciones venideras: la pasión desbordada por sus congéneres del sexo... ¿débil?

Después de dos o tres décadas aquella especie de mono sabio, hombre-mono o primate alopécico, como queráis llamarlo, se había convertido en un patriarca serio y solemne. Tantas noches de lujuria habían agotado sus fuerzas y, por otro lado, habían inundado la región de un respetable número de seres que andaban más tiempo erguidos que a cuatro patas y que estaban más interesados en darse garrotazos y en solicitar, e incluso robar, los favores de sus hembras que en conservar la compostura que las demás especies guardaban para con la Madre Naturaleza.

No obstante, el destino le tenía preparada, todavía, una última e inaudita sorpresa.

Encorvado por la edad, el uso y los avatares de una existencia nómada, despertó una mañana gris, plomiza y siniestra con una sed de mil demonios. Se dirigió a un arroyo cercano y, después de beber ansiosamente se sentó en la playa de cantos rodados que mil años de erosión habían creado en aquel recodo del riachuelo. La vida le había enseñado a ser paciente, así que se dispuso a esperar los acontecimientos que deparase el nuevo día dedicándose a uno de sus pasatiempos favoritos: acariciar sus sufridos genitales. En ello estaba cuando en la otra orilla del arroyo apareció un pequeño zorro con intención de efectuar sus abluciones matinales. Inmediatamente el Jefe agarró un canto y lo lanzó con buena puntería hacia la pobre bestia la cual huyó rápidamente cuando ya su agresor tomaba en su mano otro proyectil. Satisfecho, dejó caer la piedra. El pedernal cayó sobre otro hermano gemelo y una solitaria chispa se dirigió alegremente hacia el seco y estropajoso matojo de pelos que tan a gusto se estaba rascando, prendiendo casi al instante. Sin duda que ello provocó que se rascase y se frotase todavía con más energía, pero, una vez superado el peligro y después de un sinnúmero de experimentos con todas las piedras de aquella pequeña playa, las posibilidades que el inteligente homínido vio en el incidente fueron inmensas.

Por supuesto que, al igual que el resto de los animales, la manada ya conocía el fuego y sus efectos devastadores. Pero éste siempre aparecía provocado por causas naturales. Poder encender fuego a voluntad iba a cambiar sin lugar a dudas su existencia y, aunque en un principio los machos anduvieron algo escasos de vello púbico, en cuanto se dieron cuanta de que cualquier tipo de yesca servía a sus deseos la novedad supuso una sustancial y revolucionaria mejora en su "calidad de vida".

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