XCURSIÓN

(o siempre llueve sobre mojado...)

La idea nació hace tiempo. Tanto que ya ni me acuerdo, pero debió ser por Primavera cuando, después de una de nuestras profundas conversaciones sobre el sentido escondido de la vida y, más concretamente, sobre lo agradable y saludable de un paseo por el campo, Gabi, Tete, Miguel, Buitre y un servidor decidieron montar una excursión (sólo para hombres, eso sí) a través de un cerro cualquiera de esta nuestra Catalunya.

Quedó fijado el mes: Octubre.

Más tarde se decidió el día: 14 (de Octubre, claro)

En las vísperas de la fecha señalada comenzaron las disquisiciones sobre cómo, dónde y de qué manera íbamos a disfrutar del evento con las consabidas discusiones: El Montseny, Collcerola, la Sierra del Montnegre, Noyodondevosotrosdigáis, Nonodondetúquieras, ¿Llegaremos a la hora de comer?, Comeremoscuandosea, Pues sí, Pues bueno, Pues vale, Pues venga.

Por fin decidimos que saldríamos de Viladrau (precioso, oiga) y subiríamos al Matagalls (cumbre del macizo del Montseny famosa en todo el Principat). Total: unas nueve horas de caminata. La previsible comilona quedaba en manos del Buen Dios y del número de supervivientes de la gesta.

Gabi, hombre previsor donde los haya, comenzó inmediatamente a recoger documentación y, durante dos semanas, no paró de hacer fotocopias de planos y de pintar en ellas los posibles recorridos con rotuladores de colores. Colores que yo, naturalmente, no acertaba ni pretendía adivinar.

Además, y esto le honra, se entretuvo en diseñar una guía con los cruces, marcas y tiempos del recorrido.

Una vez dicho esto tengo que señalar que nuestro Clavijo Pascual no pudo abstenerse de involucrar a su queridísimo Clavijo Lechal en esta aventura con lo cual el grupo quedó cerrado y formado por dos calvos, un gigante de piernas hermosas, dos gafes de tomo y lomo y un melenudo recalcitrante. Total: seis locos.

Unos días antes del evento comenzó a notarse la influencia de los anteriormente citados gafes. Sobre todo, en las predicciones meteorológicas. Daba igual la cadena de televisión, la prensa o el programa de radio que uno consultase: el lunes 14 de Octubre iban a caer chuzos de punta.

A pesar de ello y dado que, como ya sabéis, a cabezotas no nos gana nadie, decidimos proseguir con nuestra excursión después de unas breves consultas telefónicas realizadas la noche anterior: ¿Qué hacemos?, Yoloquevosotrosdigáis, Nonoloquetúdigas, Y a mí qué si llueve, Y a mí, Y a mí también, Pues vamos y ya veremos, Pues sí, Pues bueno, Pues vale, Pues venga.

Dia "D", Hora "H". Miguel nos espera en Montmeló. Tete, Jorge y el que suscribe llegamos a la cita con unos breves y disculpables minutos de retraso pero Gabi y Juan Carlos se enzarzan nada más salir en una infantil pelea con las Rondas, Carreteras Nacionales, Avenidas y Calles de Barcelona de la que consiguen salir absolutamente derrotados una hora larga más tarde.

Ibamos por el tercer cortado en el bar de carretera donde habíamos quedado con Miguel. Por supuesto, ya había empezado a llover, pero aún así decidimos lanzarnos a toda velocidad por la nacional N-152 en dirección a Viladrau. Como era previsible, San Pedro nos hizo pagar cara nuestra osadía e inmediatamente abrió de par en par los desagües del cielo a causa de lo cual, cuando pasábamos al lado de Aiguafreda, más que un agradable esparcimiento lo nuestro parecía un cursillo de escafandrismo.

De esta guisa llegamos a nuestro destino y, aunque no llovía con la fuerza con que lo había hecho durante el camino, la verdad es que el horno no estaba para muchos bollos. Así que, un tanto desmoralizados, dimos una vuelta por el pueblo buscando un bar adecuado para almorzar. Lo encontramos después de un pequeño paseo intentando evitar las miradas entre atónitas y divertidas de los lugareños.

Nos comimos los bocadillos que debíamos haber disfrutado en un paraje más agreste así como una fiambrera con croquetas que llevaba el Tete sin acabar de decidir qué íbamos a hacer. Pero fue durante los cafés, amenizados por un par de cajas de galletas de chocolate que aparecieron como por arte de magia, cuando caímos en la trampa sutil que nos deparó la otoñal climatología: dejó de llover.

Por supuesto el cielo seguía encapotado y más negro que la boca de un túnel, pero a pesar de todo decidimos lanzarnos a la aventura.

Nos calzamos la botas (Gabi, las de Siete Leguas), nos colocamos las mochilas y los impermeables entre risas y bromas y nos lanzamos en busca de la pista forestal que arrancaba a las afueras del pueblo.

Como era de esperar, en cuanto empezamos a caminar por la carretera, comenzó de nuevo a llover pero ya no había nada que pudiese detener a aquellos seis hombres unidos por una misma determinación y un sólo destino en lo Universal. Ni siquiera las caras de franco cachondeo de los obreros a los que preguntamos por dónde se subía al Matagalls.

Del rato que estuvimos caminando (cerca de tres horas) no hay mucho que contar. El paisaje era precioso a pesar de las nubes y el agua, caminábamos con la cabeza escondida debajo de la capucha, las manos en los bolsillos de los impermeables y no parábamos de hacer bromas sobre lo húmedo de nuestra situación.

No tenemos reportaje gráfico de la excursión por razones obvias; no obstante, en un momento determinado en el que cruzábamos un puentecito sobre una riera de aguas turbulentas convencimos al Buitre para que tomase una instantánea de aquel bello paraje. La parada no pudo ser más cómica: Gabi y yo con las faldas del chubasquero al aire intentando proteger el objetivo, el Buitre concentrado en su labor y los demás impartiendo instrucciones sobre dónde dirigir el objetivo. Al final pudo hacer la foto y cuando, todo profesionalidad, se disponía a colocar la tapa del visor, ésta salió disparada de entre sus dedos en dirección a las turbias aguas del riachuelo. Y allí nos ves a los seis asomados al puente como seis gilipollas mirando a las aguas correr e intentando contener la risa por la cara de pavo que se le había quedado al pobre Buitre el cual aún balbuceaba: "Puesnosécómohasido","Perosihasaltadosola","Jo".

Después de este pequeño incidente continuamos camino con el murmullo del agua en las hojas de árboles como música de fondo y con suficiente humor como para gastarnos bromas los unos a los otros en cada recodo de la embarrada pista forestal.

Por fin, cuando llevábamos más de hora y media caminando, llegamos a un cruce donde Gabi volvió a sacar su ya empapada guía y entre todos decidimos dar media vuelta en un ataque de sabiduría impropio de nosotros. Con fuerzas renovadas enfilamos un pequeño bosque de castaños que acabábamos de atravesar cuando el cielo se abrió de verdad. Durante diez minutos cayó agua a cubos pero nadie rechistó. Es increíble. Todos teníamos los pies empapados, los cataplines y las piernas congeladas ya que el agua nos había subido por los pantalones hasta la cintura, y a más de uno le había calado el impermeable. Pues bien, a pesar de ello, nadie se quejó. Agachamos la cabeza, apretamos el paso y volvimos a Viladrau sacando unos cuantos largos de ventaja a los Clavijo, más lentos que el caballo del malo.

Llegamos a los coches y allí descubrimos que ni Gabi ni Juan Carlos habían traído ropa para cambiarse. Eso sí, el Buitre llevaba unos pantalones impermeables que se había negado a usar para, de esta manera, empaparse como los demás. Agradecimos convenientemente el imprudente ataque de solidaridad de nuestro amigo y decidimos retornar al bar donde habíamos almorzado, cosa que hicimos acto seguido.

Lo primero que hicimos nada más llegar a la fonda fue encharcar generosamente la entrada a la misma con el agua de la capucha de Miguel, el cual nos había advertido muy seriamente un segundo antes que tuviésemos cuidado de no hacer precisamente eso. Agarramos el mocho y montamos un pequeño espectáculo para disfrute de las dos hijas del dueño que ya no sabían con qué cara mirarnos.

Los servicios del bar hicieron de vestuarios improvisados y los muchachos se fueron cambiando por turnos, mientras los demás despachábamos unas cervezas con patatas fritas (ya sabes, es malo beber sin comer). Por culpa de su mala cabeza Gabi acabó con una camiseta de camuflaje tipo Rambo que le dejó el Tete y un suéter azul que yo le presté cuando comenzó a tiritar, el Buitre se colocó una camisa de leñador que apareció por allí y los dos conservaron los empapados pantalones bien ajustados a su cuerpo.

Satisfechos y con la sensación del deber cumplido, comenzábamos una nueva discusión para decidir el lugar donde despachar una merecida pitanza cuando Miguel, el último en cambiarse, apareció por la puerta de los servicios: Inmaculado. Llevaba puesta una sudadera blanca como la nieve manchada con un mensaje ininteligible en el pecho, unos pantalones deportivos plateados que herían la vista y unos calcetines blancos que cubría parcialmente con unos espléndidos zapatos de vestir. Después de unos segundos de incrédulo silencio rompimos a reír y, entre carcajadas y lágrimas decidimos comer allí mismo pues ya se las habíamos hecho de todos los colores y no se iban a asustar si les hacíamos una más.

Comimos absolutamente solos en un salón para doscientos comensales decorado en rústico catalán en el que reinaba un silencio que sobrecogía a Jorge Lechal y liberaba el espíritu del resto de nosotros mientras veíamos llover a través unos inmensos ventanales con cristales de colores.

Después del banquete volvimos al bar a tomarnos unos carajillos mientras dábamos unas clases de Mus a los Clavijo de las que no sacaron ningún provecho aparente. Por fin, después de la agradable sobremesa, cuando acabamos con el whisky de la petaca que un servidor había traído para prevenirnos del frío, tomamos el camino de vuelta y, ya anochecido regresamos a casa contentos y satisfechos.