MUTANTE

No sé cómo empezar. La verdad es que, cuando me decidí a escribir para que conocieseis mi problema, pensé que sería mucho más sencillo.
Soy un mutante. No tengo la completa seguridad; pero no encuentro otra explicación al hecho de que, cada vez que experimento un orgasmo, mi cuerpo cambie radicalmente.
En mi apariencia normal, digamos que en mi apariencia "A", soy un tipo bastante vulgar: Metro setenta justito, sesenta y cinco kilos, un cuerpo nada especial y, en fin, un poco calvo.
Pero cuando dentro de mí se expande esa maravillosa sensación que antes he mencionado, me transformo, después de unas cuantas convulsiones, en un espectacular macho de dos metros sobrados, cien quilos de peso, torso y músculos de atleta y dotado de una magnífica cabellera negra como un tizón. En ésta, que llamaré mi apariencia "B", me mantengo hasta que un nuevo trabajo de mis gónadas me devuelve a mi anterior aspecto.
Seguro que pensáis que es una suerte poder convertirse en un superhombre más o menos a voluntad.
No tenéis ni la menor idea de lo desdichado que soy.
No podéis sospechar cómo se transfigura el rostro de una mujer cuando, breves instantes después de haber iniciado la cópula, no olvidemos que, además, soy eyaculador precoz, lo que tenía encima aumenta tres veces de tamaño entre movimientos indominados.
Indescriptible.
Tampoco sabéis lo que llevo gastado en tratamientos antidepresivos que, por decencia, me avengo a abonar a las tías que, creyendo haber hecho el ligue de su vida -yo, en mi apariencia "B"-, descubren en cuanto se desnudan -lo siento, mutado aún me corro antes- que esta cochina vida está llena de desengaños.
Acertáis.

No tengo novia. Y, a este paso, no la tendré nunca.

Os juro que lo he intentado todo: médicos, homeópatas, curanderos, hechiceros indios, la cura del limón, la del ajo...; incluso me fui quince días de vacaciones a Vandellós para intentar captar algún isótopo que me tornase a mi metabolismo original.
Todo fue en vano. ¿Qué hice?
Pleno de entusiasmo, me decidí a vivir con mi actual condición.
Reflexivo, me pregunté: “¿Cual es el problema?”.
Perspicaz, me contesté: "Las chicas se trastornan al ¡¡¡VER!!! mi metamorfosis en la intimidad".
Siguiendo una lógica pura, dirigí mis dotes donjuanescas a la parada del bus nº 83 sita en la confluencia de Marqués de Argentera con Trafalgar donde sabía de buena fuente que unas empleadas de la ONCE tomaban el transporte público para volver a sus casas después de un duro día de trabajo...
Lo único que conseguí fueron dos bastones rotos en la cabeza y uno más que no me atravesó el hígado gracias a que el generoso escote de una de las muchachas hizo que, mientras me atizaba recuperase a tiempo mi apariencia "B" (de algo me han de servir los músculos de acero).
Ya desesperado y sin saber a quién acudir me refugié en la consulta de un psiquiatra de reconocido prestigio, el cual no dudó un instante en calificarme de peligroso psicópata sexual, no sin antes despojarme de todo el dinero que llevaba encima.
Rellenó un impreso y, acto seguido, dos tipos de apariencia "B" permanente me metieron en una ambulancia y me trasladaron al sanatorio mental más próximo. Una vez allí y, dado mi historial, me encerraron en una habitación acolchada en la que previamente habían colocado varios posters de tías en bolas para que les "dejase en paz".
Craso error. Debido a mi magnífica precocidad nunca consiguieron saber a ciencia cierta a quién tenían encerrado ya que tanta abundancia de carne en las paredes no permitió que mantuviese más de treinta segundos el mismo cuerpo en las diez agotadoras horas que transcurrieron hasta que, completamente histéricos, me echaron con malos modos de allí.
Con los ojos en blanco me encerré en mi apartamento sin conectar tan siquiera la televisión por temor a que fuesen a pasar algún anuncio de champú, o de medias, o similar.
Pero, como bien dice el refrán, Dios aprieta pero no ahoga.
Cuando queráis estáis invitados a ver mi actuación en el Sex Palace, lugar en que trabajo, donde mi mutación ha causado estragos y hace que me gane la vida decentemente.
Allí podréis ver cómo un señor pequeñito con los ojos vendados se transforma en un supermacho sediento de sexo, o viceversa, haciendo el amor a bellísimas mujeres.
O, por lo menos, eso creo.
No sé por qué el ‘Director Artístico’ se empeña en que haga el espectáculo a ciegas.

Quizá sea porque las chicas a las que me conducen tienen las piernas demasiado peludas y hacen demasiada gimnasia para mi gusto.
De hecho, a veces me cuesta hasta cinco minutos largos cambiar de apariencia.

Hablaré con el gerente: estos detalles deben cuidarse más en un espectáculo de cara al público.