MOSCA

Después de estar tres horas peleándose con el cristal de la puerta un alma bendita mantuvo la puerta abierta el tiempo suficiente para que Mosca se colase a toda velocidad en el restaurante.

La vista desde los dos metros de altura era impresionante. Desde luego, el lugar era inmejorable.

No sabía por donde empezar. Había mesas y mesas llenas de comida y un montón de gente a su alrededor. Podía dedicarse a sus dos pasatiempos favoritos: comer y jugar. Decidió comenzar por un hombre obeso y sudoroso que estaba en la otra punta del comedor. Atravesó la sala y, en cuanto llegó a su destino, comenzó a dar vueltas de reconocimiento alrededor de él. Cada vez más cerca. A toda velocidad. ¡Cómo disfrutaba!. Por fin, después de esquivar fácilmente un par de manotazos, aterrizó en la nuca sudorosa de aquel pobre diablo. Libó un poco del néctar salado que Gordo desprendía y se preparó para el juego. Atenta, a su izquierda, sus ojos multifaceta vieron una mano acercarse rauda y dispuesta a aplastarla. ¿Por qué siempre los humanos querían reducir a papilla a las pobres moscas?. Voló un par de segundos y aterrizó en el otro lado del cuello. Durante un instante todo tembló a causa del palmetazo que Gordo se había propinado a sí mismo. Bien. Era un hombre enérgico. Le gustaban los humanos enérgicos. Con ellos el juego era mucho más divertido.

De nuevo, a su derecha, una mano voladora. No había problema:  un segundo de vuelo y ,¡Zas!, otra decidida palmada seguida de un nuevo aterrizaje en la calva del infortunado comensal. Se frotó las manos y la trompa de puro gusto. Además, ese tío hacía por lo menos tres días que no se lavaba y sus jugos estaban realmente deliciosos. Se sentía pletórica. Fuerte y a gusto consigo misma. Las cosas le iban bien y decidió aprovechar su racha de buena suerte para lanzar un ataque frontal. Desplegó vuelos rasantes sobre los platos de Gordo, se posó en su vaso, en sus cubiertos, en su servilleta y , en un acceso de arrojo temerario, descansó un segundo en su nariz. Gordo no hacía más que dar manotazos al aire, derramó la sal sobre el mantel y en más de una ocasión estuvo a punto de tirarse los tortellinis encima de su oronda barriga.

Tanto aspaviento no pasó desapercibido para un camarero de rostro aguileño y mirada enojada que, presto, se acercó al lugar del alboroto.

-¿Ocurre algo, señor?

Por toda respuesta, Gordo lanzó una mirada asesina a Mosca que retozaba en la fuente del queso rallado si ver lo que se le venía encima. Ni corto ni perezoso el camarero tomó de su antebrazo el mantelete de servir y lo esgrimió con un arte adquirido en años de experiencia en bares y restaurante de peor calaña que el que, por oscuros designios del destino, había tenido a bien contratarle esa misma mañana.

Mosca apenas se dio cuenta de cómo esquivó el servilletazo. Sólo sintió que volaba entre una nube de queso rallado. El camarero insistió con su ataque asesino y pronto saltaron por los aires cubiertos, vasos y migas de pan, a la vez que, por fin, varios puñados de tortellinis adornaron la camisa blanca de Gordo. El caos fue soberano y Mosca decidió no abusar de su suerte y huyó como alma que lleva el diablo refugiándose en una estantería entre un porrón vacío de vino pero lleno de polvo y una imagen de la Virgen de Montserrat con una inscripción que rezaba "Souvenir of Spain". Desde allí observó divertida como, un hombre con traje oscuro se deshacía en disculpas e intentaba limpiar el abdomen de Gordo a la vez que dirigía miradas asesinas al camarero que, tozudo, seguía buscándola por todo el comedor.

Mosca intentó recuperar el aliento después del susto, se frotó las alas nerviosamente y decidió no jugar más: había tenido suficiente. No obstante, después de esperar un tiempo prudencial, pensó que, ya que estaba en un restaurante, podía comer algo. Emprendió una vuelta de reconocimiento a la espera de encontrar algo que le apeteciese realmente. No podía dirigirse a la cocina donde sin duda encontraría apetitosas basuras y jugosos desechos - la probabilidad de encontrarse con un empleado asesino de moscas era demasiado elevada -, así que decidió comer de lo que hubiese por las mesas. Probó aquí y allá sin mucha convicción ya que no quería molestar de nuevo a los clientes. Con un sarao como el que había montado ya tenía suficiente. Pero, de pronto, vio en el mostrador de servicio una fuente repleta de ensalada y absurdamente abandonada. Voló hacia ella. Aterrizó sin más preámbulos en una enorme hoja de lechuga y descubrió fastidiada que la ensalada no estaba aliñada. Ya dudaba entre probar los tomates o buscar otra cosa cuando la fuente se elevó por los aires. Mosca quiso echar a volar pero cuando vio quien había izado la bandeja se quedó paralizada: allí, sin mirar lo que llevaba, como hace todo buen camarero, estaba el asesino de moscas.

Mosca se hundió en la ensalada y, entre el pánico que sentía y el frescor de los alimentos recién sacados del frigorífico, quedó, inmovilizada y aterida, entre un trozo de cebolla y una aceituna sevillana. Pronto sintió, entre sueños de servilletazos y queso rallado, que era transportada entre el revoltijo de hortalizas y depositada en un nuevo lugar: el camarero estaba sirviendo a una curtida señora empeñada en poner fin a su celulitis a base de ensaladas.

Primero fue una lluvia de aceite. Mosca se atrevió a libar algo de la pringosa esencia: fue su canto del cisne. Inmediatamente una lluvia ácida y un montón de piedras saladas llenaron el plato a la vez que se iniciaba un torbellino de movimiento incontrolado que acabó por marearla mientras se aferraba desesperadamente a un trozo de zanahoria.

Por fin, con las alas mojadas, el cuerpo encogido y los pensamientos fúnebres, Mosca vio cómo una boca enorme, abierta de par en par, se la tragaba junto con un puñado de hojas de lechuga.