MILDRED

El hombre vació el saco en el comedero con la desidia que sólo da el pertinaz aburrimiento provocado por la rutina diaria.

La mirada de Mildred, una estupenda ternera de pura raza Smith & Southern, se enturbió una vez más con el polvo levantado por el pienso y apenas alcanzó a ver como su vecina de enfrente agachaba la testuz, ávida por comer la porquería que los humanos les daban por alimento. Asqueada y con un mohín de indiferencia, apartó con elegancia su hocico del comedero y miró a su alrededor.

Todas sus compañeras devoraban sus raciones con verdadero ahínco. Atrapadas entre dos barrotes, sin poder mirarse las colas, cincuenta vacas de pura raza Smith & Southern se hacinaban en aquella granja sin más misión que engordar de la manera más rápida posible para, después, ser descuartizadas y devoradas por humanos hambrientos de carne muerta. Mildred reprimió un nuevo gesto de repugnancia y adoptó una postura de fría determinación: seguiría en huelga de hambre.
Mildred llevaba una semana sin probar bocado. Con lastimeros mugidos, proclamaba desde hacía siete días su descontento por la vida que le había tocado vivir, lo cual, como ya supondréis, le estaba provocando una pérdida de peso, cuando menos, espectacular.

Desde luego, los humanos se habían dado cuenta y la habían taladrado con inyecciones del tamaño de obuses llenas de vitaminas y otras cosas más inconfesables, pero ella mantenía, impertérrita, su tozuda actitud. No sabía muy bien que era lo que esperaba conseguir pero no debéis culparla por ello, ya sabéis que, con los cuernos y todo eso, en la cabeza de las vacas no queda mucho sitio para cerebro. Eso sí Mildred, la vaca flaca, estaba decidida. Muy decidida.

Para matar el aburrimiento se dedicó a su pasatiempo favorito: espiar a sus compañeras de infortunio. Al punto se dio cuenta de que algo no funcionaba. En el aire flotaba, además de una nube de polvo y un horrible tufo a estiércol, una sensación extraña, diferente.
Miró hacia su derecha y vio a Georgina, la vaca fina, restregando concienzudamente sus cuernos contra el comedero de acero inoxidable mientras iban tomando un aspecto más propio de un abalorio digno de ser vendido por un guineano que de la cornamenta de una vaca como Dios manda. Además parecía absolutamente feliz.
A su derecha, con una habilidad impropia de un cuadrúpedo provisto de pezuñas, Leonora, la vaca gobernadora, se había fabricado, con una hoja de periódico abandonada por el granjero, un gorro que mal llevaba entre sus cuernos  mientras, con su pata delantero-derecha apoyada en el pecho, cantaba algo así como "Allons enfants de la patrie, le jour...".
Por otro lado, Renata, la vaca beata, no paraba de meterse el rabo por salva sea la parte y de mugir entrecortadamente: "Necesito un toro, necesito un toro...".

Hacia cualquier lugar que mirase Mildred veía a una ternera que, recreándose en la más soberana gilipollez, se lo estaba pasando en grande.
Pensó: "Se han vuelto locas".
En un principio culpó de esta locura a todo aquello contra lo que estaba luchando y su orgullo por lo que estaba haciendo se elevó a cotas rayanas en el narcisismo.
No obstante su innata modestia le hizo dudar inmediatamente: "Pero, ¿así?, ¿Todas de golpe?".
De pronto recordó que un par de días atrás había oído comentar a Mariona, la vaca glotona, algo sobre un nuevo pienso con un sabor fantástico, y como ella misma lo atribuyó a un intento por convencerle de que depusiese su actitud reivindicativa.

Sacudió la cabeza y descartó la idea que se estaba formando en su mente: "Han echado algo en el pienso que las ha vuelto majaretas".

Volvió a echar un vistazo a su alrededor y no pudo por menos que rendirse a la evidencia: esos malditos humanos habían envenenado a sus vecinas y compañeras del alma. Si hubiese podido llorar, sus ojos de vaca se hubiesen llenado de lágrimas.

Suspiró con un resoplido entrecortado y miró con cariño a Rosa, la ternera hermosa que, utilizando a modo de "rimmel" las zurraspas que con arduos trabajos sacaba de entre sus pezuñas, se acicalaba las pestañas con gestos, siempre recordando que hablamos de una vaca, de lo más coquetos. Sin poder evitarlo, pensó: "Qué bien se lo está pasando la jodía".

Mildred, la vaca flaca, cabeceó durante un rato y después, con un gesto entre resignado y travieso, hundió su hocico en el comedero y devoró una ración doble de pienso compuesto Sanders & Foul Ltd. especial para vacas de pura raza Smith & Southern.

Tenía que recuperar el tiempo perdido.