MATILDE

(o el origen de una RofoCanción sobre cuca, cuca, cucarachas)

Érase una vez una cucaracha negra. No era una cucaracha parda ni amarilla. Era negra y se llamaba Matilde.

Matilde estaba triste porque vivía en un barrio muy pobre. Ella siempre había tenido sueños de grandeza y vivir en un almacén de galletas junto al río Besós no le hacía ni puñetera gracia.

Un día, como muchos otros, mientras se atusaba las antenas y se acicalaba las patitas con el tozudo y cuidadoso esmero con que lo hacía siempre, decidió, muy coqueta ella, ligarse a un cucaracho macho, muy macho, que venía a visitarla de vez en cuando escondido en el camión de reparto.

Matilde soñaba con que Bernardo, que así se llamaba el cucaracho macho, la sacaría de su aburrida y triste vida y la llevaría a conocer mundo a bordo de su camión, de modo que el martes siguiente se colocó junto a la puerta del almacén y se dispuso a esperar a su príncipe azul, perdón negro porque Bernardo también era de color. De color negro quiero decir.

Pasaban las horas y el camión no venía. Matilde estaba desesperada. Tenía las antenas arrugadas y los pelos de las patitas completamente revueltos de tanto retorcérselos de puro nerviosismo.

Por fin escucho el rumor de un motor y, componiendo como pudo su figura, se colocó en un lugar bien visible para un cucaracho macho, es decir al lado de la basura que había junto a la entrada al almacén.

La puerta se abrió bruscamente y un chorro de luz entró junto con el camión que repartía las galletas por toda la ciudad. Los monstruos humanos empezaron a ir de un lado para otro como hacían siempre y Matilde, impaciente, no paraba de mover las antenas esperando que apareciese Bernardo. Este apareció por fin asomando su negra jeta entre paquetes de galletas María. En cuanto vio a Matilde salió disparado de su escondrijo y, esquivando dos pisotones de los hombres con la habilidad que sólo una existencia llena de emociones y de aventuras podía darle, se escabulló hasta encontrarse junto a la coqueta cucaracha.

Matilde sabía lo que tenía que hacer. Hizo vibrar sus antenas y frotó sus patitas de la forma más sensual que pudo y empujó su cuerpo contra el de Bernardo cucaracho macho que no podía creer lo que veían sus ojos ni mucho menos lo que sentía su rudo caparazón. Ya os podéis imaginar en que acabó todo. Pues sí, en una fiesta. Al poco rato, con las antenas entrelazadas y emitiendo vibraciones de puro cariño, la pareja se prometió amor eterno e, inmediatamente, comenzó a hacer planes con su futuro.

Escaparon encaramados a una caja de Artinatas y visitaron lugares exóticos: tiendas de comestibles, supermercados, panaderías, alguna cafetería,... En fin disfrutaron de una vida intensa y llena de emociones fuertes.

Hoy, pasados los tiempos de aventura, Bernardo y Matilde viven una existencia tranquila y apacible debajo de la fregadera de un restaurante de la plaza Francesc Macià. Bernardo, el cucaracho macho, recuerda con nostalgia su loca juventud a bordo de un camión y Matilde, la cucaracha chacha, cuida de sus cucarachitas saboreando el gozoso placer de vivir entre lo más selecto de la ciudad. Ambos sólo desean que su existencia la corte el mismo pisotón.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.